Carta abierta a la senadora Celeste Amarilla
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Atualizado: há 6 horas
Señora Senadora:
Hay momentos en los que un representante público habla solamente a título personal. Pero hay otros en los que sus palabras trascienden lo individual y terminan afectando la imagen de todo un país. Usted eligió ese segundo camino.
La derrota de una selección puede generar frustración. El fútbol despierta pasiones, exageraciones y reacciones impulsivas. Pero nada de eso justifica el racismo. Nada de eso convierte el prejuicio en patriotismo. Nada de eso hace aceptable lo que es moralmente inaceptable.
Cuando una senadora deja de lado los argumentos y decide atacar el origen, el color de piel o las características físicas de una persona para intentar descalificarla, no hiere solamente al destinatario de sus palabras. También daña la dignidad del cargo que ocupa, debilita la credibilidad de las instituciones que representa y obliga a su propio país a aclarar ante el mundo que ese discurso no refleja los valores del Paraguay.
Mbappé seguirá siendo recordado por su talento, por su trayectoria y por haber respondido al prejuicio sin recurrir al odio. En cambio, sus declaraciones quedarán como un ejemplo de cómo una autoridad pública puede fracasar precisamente en aquello que más se espera de ella: la responsabilidad.
Resulta llamativo que, en pleno siglo XXI, todavía existan dirigentes que confundan valentía con agresión, firmeza con intolerancia y libertad de expresión con el supuesto derecho a discriminar.
La política exige convicciones. Exige coraje para enfrentar a los adversarios. Exige posiciones firmes. Pero, por encima de todo, exige altura. Quien recibe un mandato popular no recibe solamente poder. También asume la obligación de elevar el nivel del debate público.
Usted no perdió una discusión. Perdió una oportunidad de demostrar grandeza en la derrota.
Afortunadamente, la respuesta llegó desde distintos lugares. Del jugador al que usted atacó, de las autoridades francesas, del propio Gobierno del Paraguay y de miles de ciudadanos que comprendieron que el racismo no es una opinión. Es un límite ético que ninguna democracia debería permitir que se cruce.
El Paraguay es mucho más grande que un comentario desafortunado. Su historia, su gente y su identidad merecen ser representadas por gestos de dignidad y de respeto, no por expresiones de intolerancia.
Todavía está a tiempo de convertir este episodio en una lección. No para borrar lo que dijo, porque las palabras nunca desaparecen del todo, sino para recordar que quien ocupa un cargo público debe ser reconocido por su capacidad de unir y no por su facilidad para dividir.
El respeto nunca disminuye la autoridad de un líder. Al contrario. Es lo que verdaderamente la legitima





























































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